Estimadas juezas, jueces, fiscales y operadores jurídicos: Este año os escribimos no porque confiemos en los milagros, sino porque seguís teniendo la extraña capacidad de convertir derechos en riesgos.
Gracias.
Gracias por demostrar, una y otra vez, que denunciar violencia machista no garantiza protección, sino sospecha.
Gracias por recordarnos que romper el silencio puede salir caro. Muy caro.
Gracias por la equidistancia (esa que tanto daño hace)
Gracias por tratar una denuncia y una contradenuncia como si fueran dos versiones igualmente válidas de una misma historia.
Gracias por llamar “conflicto” a la violencia.
Gracias por llamar “problemas de pareja” a años de control, miedo y sometimiento.
La equidistancia no es neutralidad. Es una forma elegante de abandono.
Cuando equiparáis a víctima y agresor, no estáis siendo justos. Estáis siendo cómodos. Y la comodidad institucional siempre la pagan las mismas.
Gracias por convertir los juzgados en otra trinchera
Gracias por permitir que algunos agresores aprendan rápido la lección:
que una contradenuncia es una herramienta eficaz para seguir castigando a la mujer que se atrevió a hablar.
Gracias por aceptar esas contradenuncias sin contexto, sin análisis, sin memoria.
Por mirar solo el papel y no la historia. Por exigirle a la mujer coherencia absoluta mientras aceptáis la estrategia defensiva del agresor como legítima.
Cuando el agresor denuncia, el sistema escucha. Cuando la mujer denuncia, el sistema duda.
Gracias por el mensaje pedagógico (sí, pedagógico)
Porque el mensaje llega claro a las mujeres:
Mejor no denunciar.
Mejor no exponerse.
Mejor no enfrentarse a un sistema que cuestiona, desgasta y castiga.
Cuando denunciar da más miedo que callar, la justicia ha dejado de proteger.
No es un efecto secundario. Es el resultado directo de cómo actuáis.
No pedimos milagros. Pedimos que dejéis de fallar siempre del mismo lado
No os pedimos sensibilidad.
No os pedimos empatía.
No os pedimos que “entendáis” a las víctimas.
Os pedimos que cumpláis con vuestra obligación.
La justicia no solo aplica leyes: decide a quién cree y a quién deja caer.
Por si alguien aún se pregunta por qué algunas mujeres no denuncian, aquí está la respuesta. No es miedo al agresor. Es miedo al sistema.
Miedo a no ser creídas.
Miedo a ser cuestionadas.
Miedo a que la contradenuncia les arrebate lo poco que les queda: tranquilidad, hijos, credibilidad.
Este año, Señorías, no os pedimos oro, incienso ni mirra.
Os pedimos algo infinitamente más sencillo y, por lo visto, más difícil: Que la justicia deje de ser un castigo añadido para las mujeres que denuncian.
Atentamente,
Somos Más
Mujeres que sobrevivieron.
Mujeres que denunciaron.
Mujeres que aprendieron, a la fuerza, cómofunciona el sistema.
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