Afrontamos, de nuevo, un momento crítico en cuanto a violencia machista. En apenas los primeros meses de 2026 ya se han registrado numerosos asesinatos de mujeres, niños y niñas a manos de sus parejas o exparejas, y la alarma social e institucional crece.
Las estadísticas oficiales y la crónica de estos casos revelan una tendencia que no puede leerse como fenómenos aislados:
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Varios de los asesinatos han ocurrido incluso con denuncias previas o medidas de protección en vigor, como órdenes de alejamiento o seguimiento en VioGén.
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En muchos casos las víctimas ya habían interpuesto denuncias o estaban bajo vigilancia policial, y aun así la violencia terminó en asesinato.
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La presencia de menores asesinados junto a sus madres subraya la brutalidad extrema de esta violencia y el coste humano que conlleva.
Fallos de los sistemas de protección: un debate necesario
Las autoridades ya han reconocido que la situación es “terrible” y que hay que revisar elementos de la respuesta institucional, incluyendo protocolos y valoración del riesgo.
Sin embargo, admitir la necesidad de mejorar protocolos es solo el primer paso.
Los casos recientes muestran que no basta con tener herramientas como VioGén o medidas judiciales si no hay una evaluación realista y contextualizada del riesgo, una intervención integral entre servicios sociales, sanitarios y judiciales, y una visión centrada en la superviviente, no solo en la protección reactiva.
Uno de cada tres asesinatos machistas ya estaba precedido por violencia
Estudios de contexto muestran que la mayoría de las mujeres asesinadas han sufrido violencia continuada antes del homicidio, y que en muchos casos las señales previas no se traducen en una protección adecuada.
Esto se traduce en algo gravísimo: no es que las mujeres no pidan ayuda —es que cuando lo hacen, las respuestas no siempre llegan a tiempo ni de forma eficaz.
Lo que los números no cuentan
Detrás de cada estadística hay una vida, una historia y un entorno que puede haber dado señales antes del desenlace fatal:
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llamadas de emergencia no atendidas con urgencia suficiente.
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órdenes de alejamiento que se incumplen sin consecuencias.
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valoraciones de riesgo que no captan la complejidad real de la violencia.
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ausencia de apoyos sociales que permitan a las víctimas salir de situaciones de control y dependencia.
No hay tecnología que sustituya humanidad
Herramientas como VioGén, protocolos policiales o sistemas de alertas pueden ser útiles. Pero sin una estrategia integral, una verdadera coordinación entre cuerpos policiales, servicios sociales, sanitarios y judiciales, y una educación de base que elimine las dinámicas de poder que sustentan el machismo, estamos reaccionando, no previniendo.
La violencia machista no es solo un problema de seguridad, sino de derechos humanos. Exige respuestas que acompañen a las mujeres antes, durante y después de cualquier denuncia, con recursos tangibles y sostenidos en el tiempo.
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