El testimonio más desgarrador de la Audiencia Provincial de Alicante estos días no fue una cifra, una sentencia o una proposición jurídica: fueron palabras humanas, atravesadas por el dolor y el vacío. Según diversos medios, la víctima de una agresión sexual múltiple cometida en una vivienda de Novelda (Alicante) la Nochevieja de 2019, describió aquella experiencia como sentirse “como un agujero”.
Estas palabras no deben quedar como simple anécdota periodística. Contienen una verdad brutal: el impacto de la violencia sexual no es solo físico, sino existencial, social e institucional.
Cuando una joven de apenas 16 años (menor de edad) es, supuestamente, sometida a una agresión sexual por turnos en un baño, el relato debería estremecer a cualquier sociedad que aspire a llamarse civilizada.
Un silencio impuesto: denunciar años después no es “dudar”, es sobrevivir
La víctima decidió denunciar cuatro años después de los hechos. La prensa apunta que guardó silencio para intentar “olvidar y seguir con su vida”. Aquí, sin embargo, no hay olvido. Existe trauma, miedo, y la comprensión, científica, de que la agresión sexual altera la memoria, la percepción y el sentido de seguridad, lo que no equivale a falta de veracidad, sino a una respuesta humana al trauma. Estudios sobre agresión sexual señalan que la neurobiología del trauma influye directamente en la manera en que una víctima recuerda, procesa y relata la experiencia, algo que el sistema judicial y la opinión pública todavía ignoran o interpretan mal.
Denunciar no es un privilegio: es un acto de valentía, en especial cuando ha pasado tanto tiempo y no se ha sentido respaldo social ni institucional. El silencio obligado durante años (porque no existen entornos seguros para las víctimas) es parte de la violencia.
Las humillaciones después del acto: ¿qué le pasó a ella?
Aunque la cobertura mediática es breve, es posible reconstruir algunas de las humillaciones que esta joven sufrió, a partir del relato y de patrones documentados en crímenes de violencia sexual:
- La pérdida de control sobre su propio cuerpo
- La cosificación reducida a objeto de satisfacción sexual
- El rechazo a reconocer su consentimiento real (porque no lo hubo)
- La negación de sus palabras cuando relató que no había ido a la casa para eso
- El aislamiento emocional posterior al suceso
- El estigma social que empuja al silencio y al retraimiento
- La minimización de su dolor por parte de quienes la rodeaban
- El miedo a no ser creída o a ser juzgada por lo que llevaba, por su edad, por su estado
- Los contactos traumáticos con el proceso judicial y la incredulidad de los acusados
- Y finalmente, la amenaza posterior que le hizo uno de lo agresores, hasta que decidió romper el silencio.
Estos no son detalles aislados, sino elementos que componen la experiencia cotidiana de muchas mujeres víctimas de violencia sexual.
Intimidación ambiental: un concepto legal con impacto real
La noticia y el juicio hacen referencia, aunque sin entrar en detalle, a un fenómeno jurídico conocido como intimidación ambiental. En términos sencillos, se trata del efecto que produce un grupo de agresores cuando, por su mera presencia o acciones (activa o pasiva), generan un entorno de coerción, sometimiento o terror para la víctima.
En jurisprudencia reciente sobre agresiones múltiples se ha reconocido que no hace falta que cada persona tenga un rol activo para agravar el delito: su mera presencia refuerza el abuso y es causa de intimidación.
Este concepto es extremadamente relevante porque pone el foco en el contexto del delito, no solo en quien cometió la penetración. Reconocer la intimidación ambiental es aceptar que el daño no se mide solo en acto físico, sino en la presión, el miedo y la imposición de control que un grupo puede ejercer sobre una persona.
Negar, desmentir, desacreditar: tácticas habituales de defensa
En el juicio, los tres acusados han negado incluso conocer a la víctima. Este tipo de estrategias de defensa no son aisladas ni coyunturales; forman parte de un patrón identificable en muchas defensas agresivas en casos de agresión sexual: negar los hechos, atacar la credibilidad de la víctima, insistir en inconsistencias, reclamar inocencia ante cualquier testimonio adverso.
Existe, además, un patrón psicológico descrito en la literatura como DARVO (Deny, Attack, Reverse Victim and Offender (negar, atacar, invertir víctima y agresor), que muchos perpetradores usan para desplazar la responsabilidad y voltear la percepción pública contra quien denuncia. Esta táctica incrementa el sufrimiento de la víctima e intensifica la sensación de injusticia.
Este tipo de estrategias, aunque reconocidas por la psicología forense, a menudo se diluyen en el discurso mediático como simples “defensas legales”. Ese eufemismo puede ocultar el profundo daño que causan cuando convierten a quien denunció en el centro del escrutinio público en lugar de a quien presuntamente cometió el crimen.
¿Es habitual este intento de desacreditación? Sí. Y es sistemático
En múltiples casos de violencia sexual, las defensas emplean estrategias que buscan sembrar duda sobre la víctima en lugar de confrontar directamente las evidencias del delito. Esto ha sido documentado en diversos informes sobre procesos de justicia penal, donde se señala que los sistemas judiciales muchas veces privilegian la credibilidad del acusado sobre la de la víctima, especialmente si no hay “evidencia perfecta”.
Este sesgo estructural no es casual: proviene de una cultura que aún percibe el consentimiento, la edad, el trauma y las respuestas humanas ante la violencia desde una lógica patriarcal y estigmatizante. En lugar de preguntarse por qué una joven denunció años después, o por qué un agresor niega lo evidente, el foco debería estar en reconocer la violencia y otorgar credibilidad a quien la sufre.
Conclusión: más que un juicio, una prueba para la sociedad
El caso de Novelda, como otros anteriores, no debe verse como un choque aislado en los tribunales. Es una radiografía de cómo funciona la violencia sexual en España:
- Silencio forzado por miedo, estigma y falta de apoyo;
- Retraimiento social de la víctima antes que apoyo sistemático;
- Desacreditación y negación como herramientas de defensa legal;
- Intimidación ambiental reconocida jurídicamente pero invisible socialmente;
- Respuesta tardía del sistema que obliga a la víctima a decidir entre callar o revivir el trauma en público.
No se trata de un único suceso: es un patrón que las mujeres conocen demasiado bien.
El desafío es colectivo: cambiar las miradas, las prácticas, los tiempos de la justicia y la cultura que rodea la violencia sexual. Reconocer que denunciar años después no es duda, es supervivencia, y que sentirte “como un agujero” no es una metáfora dramática: es una llamada urgente a transformar la forma en que tratamos a las víctimas, dentro y fuera de los tribunales.
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