No era una niña. Era una mujer adulta con discapacidad intelectual. Y su padre la mató.

No es un matiz. No es un detalle secundario. No era una niña.

Era una mujer de 30 años, con discapacidad intelectual, asesinada presuntamente por su padre en el domicilio familiar. Y el error, repetido en muchos relatos mediáticos, no es casual: cuando una mujer tiene discapacidad, se la infantiliza, se la despoja de su condición de adulta, de su autonomía reconocida, de su estatus como sujeto pleno de derechos.

Ese borrado no es inocente. Es estructural. Y también es violencia.

Violencia intrafamiliar… y capacitista

No estamos ante violencia de género en el sentido jurídico estricto. Tampoco ante violencia vicaria.

Estamos ante violencia intrafamiliar, atravesada además por capacitismo, por una relación de poder extrema donde confluyen:

  • La autoridad parental.
  • La dependencia funcional.
  • La desigualdad cognitiva.
  • La convivencia forzada.
  • La ausencia de apoyos adecuados para la vida independiente.

Cuando una mujer con discapacidad vive bajo la tutela, formal o de facto, de un familiar, la línea entre cuidado y control se vuelve peligrosamente difusa. Y el sistema, una vez más, mira hacia otro lado mientras todo “funciona”.

Hasta que deja de hacerlo.

El falso relato del “cuidador desbordado”

En cuanto se conoció el crimen, apareció el marco narrativo habitual: el padre, la carga, el agotamiento, la tragedia personal, el intento de suicidio posterior.

Y ahí está el problema.

Porque cuando el agresor es también el cuidador, la violencia se diluye en compasión social. Se habla de “situación límite”, de “drama familiar”, de “soledad institucional”. Todo eso puede existir, y debe analizarse, pero no puede convertirse en una coartada moral.

Cuidar no otorga derecho a matarAcompañar no convierte el homicidio en comprensible.

La dependencia no elimina la responsabilidad penal ni ética.

La víctima vuelve a desaparecer, esta vez bajo la etiqueta de “persona dependiente”, como si su vida valiera menos que el sufrimiento del agresor.

Mujeres con discapacidad: el grupo más desprotegido

Los datos lo confirman de forma persistente: las mujeres con discapacidad sufren más violencia, durante más tiempo, con menos capacidad de denuncia y con menor credibilidad institucional.

Son más vulnerables a:

  • Violencia física y psicológica en el ámbito familiar.
  • Violencia económica.
  • Negligencia grave.
  • Aislamiento social.
  • Falta de supervisión externa real.

Y, sin embargo, rara vez están en el centro de las políticas públicas de prevención. No se las piensa como mujeres. No se las piensa como adultas. No se las piensa como sujetas de derechos sexuales, reproductivos, relacionales y vitales.

Se las piensa como cargas. Y ese es el caldo de cultivo perfecto para la violencia extrema.

Cuando no hay salida posible

¿Podía irse?

¿Tenía alternativas habitacionales?

¿Apoyos comunitarios suficientes?

¿Supervisión periódica real?

¿Recursos para una vida independiente o semi-independiente?

La respuesta, casi siempre, es no.

Y cuando el sistema encierra a dos personas en una relación de dependencia total, sin apoyos, sin descanso, sin control externo efectivo, el riesgo se multiplica. No para justificar la violencia, sino para entender por qué la prevención no puede limitarse a reaccionar cuando ya hay un cadáver.

No fue un “drama”. Fue un fallo sistémico

No fue un arrebato. No fue una desgracia inevitable. No fue un caso aislado. Fue el resultado de:

  • Un modelo de cuidados basado en la familia como única red.
  • La falta de políticas públicas sólidas para la vida independiente.
  • La invisibilización de las mujeres con discapacidad.
  • La ausencia de perspectiva de derechos humanos en el abordaje de la dependencia.

Y sí: fue violencia intrafamiliar.  Pero también fue violencia estructural, violencia capacitista y violencia institucional por omisión.

Nombrar bien también es reparar

No era una niña. Era una mujer adulta. Con discapacidad intelectual.
Con derechos. Con vida propia.

Nombrarla correctamente no la devuelve, pero impide que el sistema siga tratando estas muertes como errores inevitables.

Porque mientras sigamos infantilizando a las mujeres con discapacidad,
mientras sigamos romantizando el “sacrificio” del cuidador,
mientras sigamos llamando “dramas” a los asesinatos, seguiremos llegando siempre demasiado tarde.