En este país seguimos asistiendo, como si nada pasara, a escenas que deberían avergonzarnos colectivamente. Tribunales que negocian a puerta de sala, pactos de conformidad que rebajan condenas, sentencias que todavía incluyen trabajos en beneficio de la comunidad como respuesta al terrorismo machista. Sí, terrorismo, porque eso es lo que es: violencia sistemática contra las mujeres por el simple hecho de serlo.
¿De verdad alguien puede seguir creyendo que con este tipo de respuestas judiciales vamos a acabar con la violencia machista?
El mensaje es claro, y es demoledor: a los maltratadores no les pasa nada. A lo sumo, algún mes de condena simbólica, alguna multa ridícula, o el premio mayor: limpiar grafitis durante unas horas y asunto olvidado.
Y mientras tanto, las víctimas cargan con el miedo, con la revictimización judicial, con el estigma social. ¿Cómo no van a subir las cifras de agresores si las consecuencias son mínimas? ¿Cómo no van a reincidir si el sistema les demuestra una y otra vez que sus actos son casi gratuitos?
Los pactos a puerta cerrada: la burla a la justicia
Las llamadas conformidades, ese eufemismo tan pulcro para un mecanismo tan sucio, se han convertido en la rutina de demasiados juicios de violencia machista. Abogados defensores y fiscales negocian en los pasillos, a espaldas de la víctima, recortando penas a cambio de un reconocimiento exprés de los hechos. El resultado: el agresor evita la cárcel, la causa se despacha en minutos y la víctima queda doblemente desprotegida.
¿Qué se transmite con esto? Que su sufrimiento vale menos que la comodidad de un sistema judicial saturado. Que la violencia ejercida sobre su cuerpo y su vida es moneda de cambio para aligerar expedientes. Que el derecho a una justicia plena puede rebajarse con descuentos de última hora, como si la dignidad de una mujer fuera un saldo en liquidación.
Trabajos en beneficio de la comunidad: la caricatura del castigo
Es insultante que todavía se contemple la posibilidad de que un agresor cumpla su condena barriendo calles o pintando muros. ¿De verdad alguien cree que esa “medida reeducadora” tiene capacidad de frenar a un maltratador? ¿Qué mensaje recibe la sociedad cuando el castigo a quien golpea, humilla o amenaza de muerte es similar al que recibe quien aparca en doble fila o quien tira basura en un descampado?
Lo que necesitamos son condenas ejemplares, ejemplarizantes y ejemplarizadoras. Sí, las tres cosas. Condenas que transmitan a los agresores y a toda la sociedad que la violencia machista es un crimen de máxima gravedad, no un incidente administrativo. Que no puede resolverse con el mismo nivel de reproche que un vandalismo urbano. Que la vida y la integridad de una mujer valen más que una palada de basura recogida en una plaza pública.
La prensa y el espectáculo del dolor
A esta farsa judicial se suma la indecencia mediática. Una parte importante de la prensa sigue tratando el maltrato como un “suceso”. Una nota breve, casi escondida entre noticias de tráfico y crónicas policiales, como si se tratara de un robo menor o de un incendio accidental.
En otras ocasiones, lo contrario: se despliega el amarillismo más obsceno. El morbo por encima de la dignidad. Titulares diseñados para el clic rápido, para el impacto morboso, para alimentar la curiosidad malsana en lugar de promover reflexión y prevención.
Que nadie se engañe: la forma en que la prensa narra la violencia machista influye directamente en cómo la sociedad la percibe. No es lo mismo titular “Un hombre mata a su pareja en Zaragoza” que “Nuevo feminicidio en Zaragoza: otra mujer asesinada por violencia machista”.
La primera fórmula oculta la raíz estructural del problema, lo reduce a un hecho aislado. La segunda lo visibiliza como lo que es: una tragedia política, social y cultural que exige respuestas colectivas.
El papel de los medios es crucial en la sensibilización. Informar con perspectiva de género no es un capricho, es una obligación ética. Hablar con rigor, con contexto, con respeto hacia las víctimas, puede marcar la diferencia entre reproducir estereotipos o romperlos. Y sí, hay periodistas y medios que lo hacen, que resisten a la lógica del amarillismo, que entienden la responsabilidad social de su oficio. Pero siguen siendo minoría, rodeados de titulares que buscan sangre y lágrimas como si fueran espectáculo.
El peligro de la banalización
La suma de estas dinámicas, justicia complaciente y prensa amarillista, construye un escenario perverso: la banalización de la violencia machista. Se normaliza el maltrato cuando las condenas son ridículas. Se normaliza cuando la prensa lo trata como un suceso menor. Se normaliza cuando las víctimas sienten que su dolor es carne de clic o moneda de negociación judicial.
Y de esa banalización nacen dos consecuencias gravísimas. La primera: la desconfianza de las mujeres hacia las instituciones. ¿Cómo van a denunciar si saben que el agresor probablemente seguirá libre, con una condena ridícula, y ellas cargando con las consecuencias? La segunda: el refuerzo de los agresores.
Si el sistema no los persigue con contundencia, si la prensa no los señala con claridad, ¿qué incentivo tienen para detenerse? Al contrario: se sienten legitimados, protegidos por un manto de impunidad.
Necesitamos otro paradigma
Frente a esta realidad, no valen excusas. No sirve hablar de falta de medios, de saturación judicial, de libertad de prensa. Lo que está en juego es la vida de miles de mujeres. Y la respuesta tiene que ser firme, contundente y sostenida en el tiempo.
La justicia debe abandonar los pactos vergonzosos y las condenas simbólicas. Necesitamos un sistema que no rebaje ni negocie la dignidad de las víctimas. Que entienda que cada acto de violencia machista es un atentado contra los derechos humanos, contra la democracia misma.
La prensa, por su parte, debe asumir su responsabilidad en la construcción de imaginarios sociales. No puede seguir alimentando el morbo mientras silencia la raíz del problema. Tiene que elegir: o ser cómplice de la banalización o ser agente activo en la transformación social.
Una llamada a la coherencia colectiva
La violencia machista no es un asunto privado, no es un suceso menor, no es un espectáculo para alimentar audiencias. Es una herida abierta en la sociedad que no se cerrará mientras sigamos respondiendo con pactos, con trabajos comunitarios y con titulares morbosos.
La coherencia colectiva exige decir basta. Basta a las condenas de papel. Basta a los pactos de pasillo. Basta a los titulares que reducen vidas truncadas a anécdotas de sucesos.
Porque cada vez que la justicia minimiza, cada vez que la prensa banaliza, cada vez que la sociedad se acostumbra, el mensaje que se lanza es el mismo: que la violencia machista puede seguir existiendo sin consecuencias. Y ese es el caldo de cultivo perfecto para que los maltratadores se multipliquen.
Es hora de cambiar radicalmente el rumbo. Y ese cambio empieza por la exigencia ciudadana: que no aceptemos pactos indignos, que no aceptemos condenas ridículas, que no aceptemos prensa amarilla disfrazada de información. Porque la vida de las mujeres no es negociable, no es espectáculo, no es saldo.
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