No hay que darle más vueltas: la violencia sexual entre adolescentes está creciendo a un ritmo alarmante, y la pantalla del móvil es la autopista por la que circula esta nueva forma de agresión. Esa pantalla que siempre llevan encima, que parece inofensiva, es hoy uno de los principales vehículos de acoso, chantaje, manipulación y vulnerabilidad sexual. Y lo peor es que empieza cada vez antes.
Según los datos, 6 de cada 10 adolescentes ya han sufrido algún tipo de violencia sexual en el entorno digital. Una cifra que debería escandalizar a cualquier sociedad que se diga mínimamente responsable.
Nudes, IA y pornografía no consentida: el día a día de muchos adolescentes
En un solo día, y con un par de toques de pantalla, un o una adolescente puede recibir presiones para enviar fotos íntimas, recibir imágenes sexuales no solicitadas o ser testigo de cómo se genera contenido sexual con IA de personas conocidas. Sí, has leído bien: uno de cada cuatro adolescentes ha visto cómo se crea contenido sexual falso con imágenes reales de compañeros o compañeras. Una pesadilla convertida en rutina.
Y en este caos, muchos adolescentes no entienden ni pueden dimensionar lo que está pasando. ¿Cómo van a hacerlo si ni siquiera los adultos que les rodean saben cómo acompañarles? Padres, madres, profesorado, educadores… nos falta formación, herramientas y presencia. Seguimos sin entender que la educación digital es ya una urgencia, no un extra opcional.
Una sexualidad distorsionada y violenta como norma
Estamos dejando que crezcan en un entorno donde el consentimiento se diluye, donde la agresión se disfraza de broma, y donde lo íntimo se convierte en mercancía. La impunidad en el entorno digital es el caldo de cultivo perfecto para una sexualidad basada en la violencia.
Y no estamos hablando de algo que “ya pasará”. Más del 84% de los adolescentes víctimas de esta violencia sexual digital sufren consecuencias a largo plazo, sobre todo en salud mental y en su capacidad para establecer relaciones afectivas sanas. Consecuencias que se agravan para quienes no tienen acceso a apoyo psicológico, porque, claro, también la atención mental sigue siendo un privilegio en lugar de un derecho.
El silencio obligado y una justicia que llega tarde (o nunca)
La mayoría de adolescentes no denuncian por miedo a que no se les crea, a que les culpemos, o a que restemos importancia a lo que les ha pasado. Y quienes se atreven a dar el paso, se topan con un sistema que les revictimiza: procesos judiciales eternos (más de 3 años), declaraciones repetidas una y otra vez, falta de apoyo específico… Denunciar no debería ser una gesta heroica, sino un derecho garantizado.
¿Qué podemos (y debemos) hacer?
👉 Apostar por educación afectivosexual real en todos los niveles educativos, basada en el respeto, el consentimiento y la empatía.
👉 Exigir mecanismos de denuncia claros y adaptados a los adolescentes, que no los hagan sentir más solos de lo que ya están.
👉 Promover una alfabetización digital masiva, no solo para los jóvenes, sino también para madres, padres y educadores. Porque educar también es proteger.
👉 Y, sobre todo, poner políticas públicas valientes y comprometidas encima de la mesa. No podemos seguir dejando que la violencia sexual se cuele en sus habitaciones como si fuera parte del mobiliario.
Esta no es solo una cuestión de adolescentes. Es un reflejo de lo que somos como sociedad. Si seguimos ignorando esta realidad, si seguimos sin hacer nada, entonces sí, somos cómplices. Tenemos que construir entornos seguros, tanto físicos como digitales. Porque una adolescencia libre de violencia sexual no es una utopía, es un derecho. Y estamos ya demasiado tarde.
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